Los límites y desafíos del aparato político que diseña Alberto Fernández para sostener su proyecto de poder

“Nosotros no partimos de los 33 puntos que sacamos en las PASO, sino de diez puntos más abajo a los que llegamos después de la carta de Cristina. Tenemos que estar contentos”. El dueño de la frase es Alberto Fernández. El momento en que la pronunció fue el miércoles 17 de noviembre, a la noche, en la Quinta de Olivos y frente a un grupo de unos 30 intendentes bonaerenses a los que recibió después del acto por el Día de la Militancia.

Los pocos segundos que duró la frase fueron de absoluta tensión y silencio. En esa mesa estaban sentados intendentes de La Cámpora como Mayra Mendoza o referentes del kirchnerismo como el gobernador Axel Kicillof. Dirigentes que tienen un íntima relación política y personal con Cristina Kirchner. Fernández utilizó la cena para agradecer el esfuerzo de la remontada en la provincia de Buenos Aires, pero también para marcar la cancha en el Frente de Todos.

Horas antes de esa expresión que desnudó su fastidio por la crisis política que generó la Vicepresidenta luego de las PASO, Fernández había dado inicio a su nueva etapa de gestión. Fue durante el acto que la CGT y los movimientos sociales le organizaron en la Plaza de Mayo tres días después de perder las elecciones generales.

La Cámpora se sumó a esa organización, aunque ese día, durante la movilización, impuso distancia de la idea de empoderar y darle centralidad al Presidente en el segundo tramo de la gestión. ¿Cómo? Con gestos claros y fáciles de decodificar en el micromundo de la política. Lo principales referentes, entre los que se encontraba Máximo Kirchner, y la militancia camporista, llegaron tarde al acto y estuvieron bien lejos del palco principal y del escenario.

Esa tarde de noviembre el peronismo del interior, los ministros que rodean al Presidente y el sindicalismo entendieron que era el inicio de una nueva era de gobierno, en la que Alberto Fernández iba a tener mayor centralidad y poder de conducción. También advirtieron que era el inicio de una construcción política referenciada en el Presidente. Lo tomaron como un quiebre. Tal vez, en el tiempo, sea visto como un hecho fundacional de un nuevo espacio político.

Si bien hay diferentes posturas dentro del círculo cercano al Jefe de Estado respecto a la necesidad o no de armar un espacio político donde él sea el centro, lo concreto es que un grupo de ministros entre los que están “Juanchi” Zabaleta, Gabriel Katopodis, Santiago Cafiero y Matías Lammens, más algunos intendentes del conurbano, líderes de movimientos sociales y sindicalistas empezaron a gestionar la edificación de una nueva estructura de poder dentro del Frente de Todos.

Después de dos años de gestión, tras las elecciones perdidas y luego de la experiencia de una relación absolutamente conflictiva con Cristina Kirchner, Alberto Fernández dio libertad de acción a sus dirigentes más allegados para empezar a construir el “albertismo” o algo similar a esa conceptoCambió su idea después de la primera etapa de la gestión.

Cuando arrancó su gobierno un grupo de gobernadores del PJ y de sindicalistas le pidieron armar ese espacio en el que él fuera la cabeza. Era la forma de no darle espacio a la ex presidenta para que gane terreno en la coalición y tome las riendas del peronismo, corriendo a un costado al candidato que había designado para competir por la presidencia.

Ese grupo dentro del peronismo nacional se había alineado a la jugada de Cristina Kirchner por conveniencia y con el fin de sacar a Mauricio Macri del poder. No se querían quedar afuera de colectivo al que se iba a subir la mayoría de la dirigencia y, al mismo tiempo, entendían que era la única forma de que el peronismo vuelva al poder. Sin embargo, nunca se sintieron identificados con Cristina ni con el kirchnerismo. Todo lo contrario.

Pese al pedido, Fernández nunca aceptó que se construya el “albertismo”. Entendía que le iba a generar rispideces en el vinculo con su compañera de fórmula y que, en consecuencia, iba a producir tensiones internas que no contribuirían con la estabilidad de la gestión. No quería problemas. Pensaba que la coalición iba a funcionar con mayor fluidez. Se equivocó.

Entre los dirigentes que alimentan la edificación del nuevo esquema, hay quienes prefieren no ponerle el mote de “albertismo” y denominarlo con un nombre más amplio como “peronismo territorial”. Los más cautos lo definen como un “grupo de pertenencia que no se referencia en el kirchnerismo”.

Los nombres pueden ser distintos, pero la idea es la misma: darle vida a un espacio interno en el que el Presidente sea la figura principal y que marque distancia de La Cámpora y el kirchnerismo duro.

Un dirigente de extrema confianza del Presidente cree que el espacio se convertirá en “albertismo” solo si Fernández decide ponerse al frente sin titubear. “Tiene que dar una señal clara de autoridad”, reflexionó. Todo depende del Jefe de Estado. De nadie más.

Si quiere conducir a un sector importante del peronismo tendrá que mostrarlo con decisiones. Nadie cree que alcance el discurso en la Plaza de Mayo. Ni los gremios, ni los intendentes, ni los movimientos sociales lo irán a buscar para pedirle que los conduzca. No se lo rogarán. No habrá operativo clamor. La señal tiene que salir del despacho presidencial para intentar buscar un acople de fuerzas.

Entre los más cercanos al Presidente asumen que la CGT unificada está alineada a la figura de Fernández, al igual que los movimientos sociales más importantes. Incluso recuerdan que en una comida que el primer mandatario compartió con los integrantes de la central obrera, los pesos pesados le dijeron que tenía que conducir el peronismo. Se lo resumieron en una frase: “Nosotros estamos acostumbrados a tener un jefe, un líder”.

En el caso de los gobernadores y los intendentes, no los cuentan adentro, más allá de los esfuerzos del Jefe de Gabinete, Juan Manzurpor alinear voluntades para construir poder entorno al Jefe de Estado. Saben que son pragmáticos y resolutivos. No se subirán al barco sin tener en claro que el capitán está en la sala de mando. No quieren quedar a la deriva en medio del 2022.

“Los gobernadores están pensando en la propia. Lo van a acompañar a Alberto solo si él los conduce. Si ven que las listas del 2023 las van a terminar armando Cristina y Máximo, entonces transarán con ellos. Es lo lógico”, asume un peronista arraigado en el conurbano que tiene un vínculo fluido con Fernández.

Lo mismo ocurre con los intendentes del conurbano, que tienen la difícil tarea de buscar el equilibrio entre su verdadera voluntad política y la necesitad imperiosa de alinearse a Cristina Kirchner, la figura peronista que suele juntar más votos en los distritos importantes de la primera y tercera sección electoral de la provincia de Buenos Aires.

Quienes no comulgan con la Vicepresidenta esperan con ansiedad que el círculo de poder del Presidente se amplíe. “Está la voluntad de construir un peronismo que tenga capacidad de victoria en dos años. Si seguimos con la agenda de Cristina vamos directo a la derrota en el 2023. Tenemos que ir hacia un peronismo menos contestario y más conciliador″, aseguró un intendente de trayectoria en el conurbano.

El espacio que intentan construir está dentro de los límites del Frente de Todos. No hay intención de romper con el kirchnerismo. Absolutamente nadie piensa en quebrar la coalición de gobierno. Lo que si creen los que lo impulsan es que el nacimiento de esa construcción política ayudará a que cambie el esquema de poder interno y a que la mesa de negociación sea más equilibrada.

Dentro de ese microclima peronista también hay gobernadores e intendentes que no le ven futuro a la creación del espacio. ¿El motivo? Creen que Fernández nunca terminará de independizarse de la Vicepresidenta y que, además, es demasiado tarde para inmiscuirse en ese proyecto de poder.

“¿Por qué los gobernadores se expondrían a ese juego? ¿Para que Alberto construya su propio poder en el final de su mandato? Ya no hay espacio para ese movimiento”, advirtió la mano derecha de un gobernador del centro del país. Un jefe comunal de la tercera sección se expresó en la misma sintonía: “Hasta que no haya una señal de Alberto clara, nadie va a creer que es posible armar ese espacio. Pero algo va a tener que hacer porque sino su poder se va a terminar de licuar”.

También hay miradas internas que advierten que esa construcción solo generará más división y que no es momento de llevarla a cabo. Uno de los dirigentes sociales más conocidos dentro del Frente de Todos se preguntó en la última semana: “¿Para que quieren construir el albertismo? ¿Para disputar un proyecto de país en el 2023? Es momento de gestionar sin dividirnos”.

En tanto, un hombre de mucha confianza de Fernández fue contundente: “No es momento. Hay que concentrar todo el esfuerzo en la gestión, no en cuestiones internas. Si existe esa idea, es minoritaria”. Las diferencias internas sobre cómo y cuándo avanzar dejan a la luz las debilidades del incipiente armado. Todo está en proceso.

Una de las incógnitas que aparecen en medio del diseño de esta maquinaria política es cómo actuará Sergio Massa. Los dirigentes que tienen sus pies dentro del peronismo anti K sostienen que el presidente de la Cámara de Diputados hará equilibrio entre el kirchnerismo y el potencial armado. Un moderador dentro de la innegable grieta. En paralelo seguirá caminando rumbo al 2023. Massa quiere ser presidente. No es una novedad.

En la coalición de gobierno todos se miden con todos. Cristina lo mide a Alberto, el Presidente mide los pasos de La Cámpora, la organización ultra K monitorea los gestos de los intendentes y los jefes comunales miran de reojo cómo juegan los gobernadores y sindicalistas. Miden los pasos que da cada uno para actuar en consecuencia.

En el entorno presidencial dicen que Alberto Fernández ya no es el que era. Aseguran que no se someterá a la presión de Cristina Kirchner. Que si ahora los ministros K le presentaran la renuncia, las aceptaría sin dudarlo. Que ya no está dispuesto a recibir el destrato del kirchnerismo.

Cristina está en silencio y creen que, tarde o temprano, moverá su ficha para trabar la construcción del “albertismo” o poner límites a una decisión presidencial de gestión. Quizás ese sea el momento exacto para que el Jefe de Estado patee el tablero. Sino lo hace quedará fuera de juego.

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