La Plaza Alemania: Un Monumento a la Herencia Germana y al Progreso

Una obra monumental que refleja el vínculo entre Argentina y Alemania, simbolizando el progreso material y espiritual de la época.

La Plaza Alemania, ubicada en Buenos Aires, es testigo de una de las obras más grandiosas de la historia de la ciudad. En 1918, después de años de esfuerzo y dedicación, se inauguró una fuente monumental que conmemoraba los cien años de la Revolución de Mayo. Este homenaje fue posible gracias a la generosidad de la colectividad alemana, que, a través de la «Comisión Alemana pro Centenario», donó no solo la fuente, sino también una serie de monumentos que representaban la relación entre ambas naciones, fundada en los valores de la agricultura y la ganadería. La fuente, además de ser un símbolo de cooperación internacional, es un ejemplo inigualable de arte, ingeniería y arquitectura.

«Este monumento no solo refleja la relación histórica entre Argentina y Alemania, sino que también es un símbolo de la visión liberal del progreso que caracterizó a la época», comenta la Dra. María del Carmen Magaz, historiadora del arte.

Un monumento de proporciones épicas

El proceso para la creación de la Plaza Alemania comenzó en 1909, cuando varios miembros de la colectividad alemana formaron la «Comisión Alemana pro Centenario de la República Argentina». El objetivo era rendir homenaje a la Revolución de Mayo, y para ello, se encargó la creación de un monumento que fuera representativo de esta efeméride. En octubre de 1909, la Municipalidad de Buenos Aires aceptó la donación por ley Nº 6476, y comenzó la búsqueda del lugar adecuado para emplazar la fuente. Tras un concurso, el escultor alemán Gustavo A. Bredow fue elegido para llevar a cabo el diseño y ejecución de la obra.

El acto de colocación de la piedra fundamental se realizó el 31 de mayo de 1910, con la presencia del presidente de la Nación, Dr. José Figueroa Alcorta, y varias personalidades de la diplomacia alemana. Sin embargo, debido al estallido de la Primera Guerra Mundial, la construcción sufrió importantes retrasos. Fue recién en julio de 1914 cuando Bredow llegó a Argentina para supervisar los últimos detalles. La inauguración oficial se celebró el 18 de mayo de 1918, después de varios años de incertidumbre debido a los conflictos internacionales.

Un diseño visionario

El monumento se encuentra alejado del bullicio de la Avenida del Libertador, en el centro de una amplia plaza, rodeada por un paisaje de casuarinas y eucaliptos. El diseño de la fuente es elíptico, lo que le otorga una gran armonía visual, permitiendo que se integre de manera natural con el entorno verde. Bredow, además de ser escultor, desempeñó el rol de arquitecto, tomando en cuenta cada detalle de la interacción entre las esculturas, el agua y el espacio circundante.

El agua juega un papel fundamental en el diseño de la fuente. Un chorro central, que parece emerger de una fuente subterránea, es acompañado por chorros más pequeños que crean una atmósfera única de sonido y movimiento. La disposición de los chorros y los grupos escultóricos no fue casual: la disposición de las figuras alegóricas refleja la conexión entre el progreso material y espiritual, dos ideas claves de la época.

La elección de materiales: un homenaje a la durabilidad

El proceso de selección de materiales para la fuente fue meticuloso. Bredow optó por la piedra calcárea concoidal, un material más resistente que el granito, para la estructura principal de la fuente. Las esculturas representativas de la agricultura y la ganadería fueron talladas en mármol pentélico, proveniente de las canteras de Pentelí en Grecia. Este mármol, conocido por su resistencia y su capacidad para captar la luz y la sombra, fue elegido por el escultor debido a sus características particulares.

El transporte del mármol fue una tarea titánica: desde Grecia hasta Alemania, los bloques de mármol recorrieron miles de kilómetros por mar y tierra. A pesar de los obstáculos, como la grieta encontrada en uno de los bloques, Bredow nunca dudó en seguir adelante con la obra, demostrando una dedicación incansable a su arte.

El simbolismo de las esculturas

Las figuras escultóricas presentes en el monumento son un reflejo de las relaciones entre las dos naciones. En los extremos de la fuente se encuentran las alegorías de la Agricultura y la Ganadería, dos pilares fundamentales de la economía argentina de la época. También hay representaciones de la fertilidad de la tierra, como una danza infantil en torno a una gavilla de trigo, y en la parte posterior del monumento, relieves que representan el progreso espiritual y cultural.

El monumento fue diseñado para transmitir la visión de progreso que se promovía en la época, con un énfasis tanto en el avance material como en el crecimiento cultural. Esta dualidad se refleja en la disposición de las esculturas, que invitan al espectador a recorrerlas, a sumergirse en la historia que cuentan y a reflexionar sobre el pasado y el futuro de Argentina y Alemania.

Un legado perdurable

El Monumento a la Plaza Alemania no solo es un homenaje a los cien años de la Revolución de Mayo, sino también un testamento de la cooperación y el entendimiento entre dos culturas distantes pero unidas por el arte, la ciencia y el progreso. La obra de Gustavo A. Bredow sigue siendo una de las más impresionantes de Buenos Aires, no solo por su tamaño y la belleza de sus esculturas, sino también por el profundo simbolismo que encierra.

Hoy, más de un siglo después de su inauguración, la Plaza Alemania sigue siendo un espacio de encuentro, reflexión y admiración, recordando la visión de aquellos que, a través de su arte y su esfuerzo, dejaron una huella imborrable en la ciudad. La obra es un claro ejemplo de cómo el arte puede trascender las fronteras del tiempo y del espacio, conectando a las naciones y a las generaciones a través de la belleza y el legado cultural.